Después de cinco años vuelvo a España y tengo la oportunidad de mirarla de cerca, con ojos de latinoamericano y piurano que ha visto crecer económicamente al Perú, justamente en ese mismo período. El año 2009 ha terminado en España con la tasa del 18.8% de desempleo, esto es, más de 4 millones de desempleados. Sólo la supera Letonia. El déficit fiscal ha terminado con la tasa del 11% y el gobierno acaba de anunciar las nuevas medidas para bajar éste déficit al 2013 reduciendo el gasto en 50 mil millones de euros, entre otras medidas de ajuste fiscal. A esto se suma que, según las últimas proyecciones, España será la última economía que saque cabeza de los efectos negativos de la actual crisis financiera.
Los sondeos políticos no se han hecho esperar y a la pregunta “si las elecciones fueran mañana, ¿por quién votaría?”, la respuesta mayoritaria va a favor del Partido Popular (cinco puntos de diferencia), oposición de derecha al actual gobierno socialista de Rodríguez Zapatero. Es verdad que la crisis financiera ha afectado a toda la Unión Europea, pero España se lleva la palma. Los últimos tres años el gobierno ha tenido que gastar para dar trabajo a la mano de obra desocupada y lo ha hecho hasta llegar al actual 11% de déficit. El pacto de estabilidad que los países de la Unión Europea habían firmado de no pasar el 3% de déficit ha quedado muy atrás. El asunto se infla si agregamos los subsidios mensuales que el gobierno da a muchísimos desocupados. La brusca caída del sector construcción, generadora de abundante mano de obra, ha debilitado grandemente la economía española.
Se cuentan por millones a los desocupados y son, también, millones los inmigrantes que alberga España en su territorio, muestra de la apertura y sensibilidad abierta que caracteriza el alma ibérica; y muestra, igualmente, de la bonanza económica que alcanzó la España que se incorporó plenamente a Europa en 1992. La crisis económica de ahora es un bache serio en el camino de ascenso que había caracterizado al país ibérico de finales de los 90 y todo apunta a un cambio de rumbo en el manejo político y económico del país.
Se entiende por eso la propuesta del gobierno de elevar la edad de jubilación de 65 a 67 años, medida que ha levantado una acalorada polémica en estos días de todos los sectores políticos. Lo cierto es que la correa sale del mismo cuero y no hay Caja que aguante el peso de la seguridad social con la decreciente tasa de natalidad española: poca gente joven cotizando y cada vez más gente mayor engrosando las filas de jubilados.
Siempre me ha llamado la atención la gran cantidad de Estado que hay en España. Me he encontrado con universitarios en estos días cuya meta profesional es “ganar por oposición” un puesto de funcionario público y vivir el resto de su vida tranquilos con un sueldo asegurado mes a mes. Se critica al gobierno, pero se quiere seguir viviendo del Estado. No parece que el modelo de para más. Como van las cosas lo prudente es reformar el asistencialismo del llamado Estado de Bienestar como ya lo han hecho los países nórdicos de Europa, inventores del mismo. “Su sostenibilidad –dice Arturo Moreno, editorialista de la Nueva Revista- exige que se dé un protagonismo a la iniciativa privada en la gestión de los recursos sin merma de las prestaciones básicas”. Una vez más el difícil equilibrio entre riesgo, libertad y creatividad versus seguridad, control e intervencionismo estatal.
Zaragoza, 30 de enero de 2010