Anza era un correo, esto es, un etarra que transportaba información o dinero, o ambas cosas, entre diferentes escondrijos de los terroristas; se solía elegir para este cometido, a personas de cierta edad o enfermas, que no levantasen sospecha, como es el caso que nos ocupa.
Ahora, el PNV siempre excesiva y peligrosamente cerca de los terroristas, exige una investigación en profundidad; aunque lo más probable es que se trate de un infarto de miocardio, como aseguran las autoridades francesas, no es menos cierto que se trata de una lesión isquémica en un miembro de una banda asesina, en un delincuente peligroso, en un gánster, nada de gudari, de dignidad o de lucha; mucho respaldo al tiro en la nuca por disentir de mi pensamiento y trescientos mil euros perdidos por una necrosis aguda de un miocardio cansado.
Anza murió y no me alegra la muerte de nadie, pero no me pidan que la sienta, no pretenda nadie que la lamente; Anza y muchos Anzas, son un cáncer para la sociedad española, una termita en el pueblo vasco, al que corroen con su ideario fascistoide y trasnochado y respaldan la imposición por la violencia. Ahora algunos de ellos se atreven a salir en las redes sociales, o luciendo la camiseta de la selección, ya ven vds., son peores profesionales del terror gracias a las fuerzas de seguridad del estado, aunque, la verdad, de corazón, muchos de ellos estarían mejor acompañando al amigo Anza en su descanso eterno.
El PNV podría aprovechar esta ocasión para mirarse por dentro, o simplemente, para verse reflejado en el espejo de la hipocresía social y política, para dejar de recoger las nueces que decía Arzallus y que pesan como una losa sobre el prestigio y la honorabilidad de la formación.







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